Y posaste en mi regazo
Para pedirme un beso
Como se pide un vaso.
Te acurrucabas tan mimosa
Y dejaste entre mis brazos,
Tu delicado peso,
Tu aroma en cada abrazo.
Blanca epidermis indomable
Que retoza en su armonía
Su negra cabellera
Con furia y con manía,
Muéstrame tu mirada amable
Como en algún tiempo lo hacía
El sol con la pradera
Que ahora está vacía.
Han besuqueado hasta mis dudas
Esos labios celestiales
Que me llegan al alma
Cual dagas de cristales.
Mientras sus manos medio mudas
Apaciguan sosos males
Que se van con la calma
Del mar y de sus sales.
Puedo enfrentar las tempestades
Y parecen poca cosa
Si sé que siempre he asido
Junto a mí aquella moza.
La que me dice las verdades
Que resultan espantosas;
A quien siempre le ha sido
Mi ausencia, escandalosa.