Imaginemos que la persona, la última persona con la que compartimos nuestra vida, nuestra última pareja, aquella que nos dejó o a quien dejamos fuese una pelota; ahora imagínese usted como ese niño envidioso que ni sabe jugar, ni la quiere prestar.
Recuerdo mucho en mi infancia situaciones tan similares, que revivirlas ahora a través de experiencias adultas, tanto propias como ajenas, me hace nostálgico, y me hace preguntarme ¿Qué carajos hace que seamos tan envidiosos?
Me refiero a aquel niño gordo, cuyos padres tenían mucho dinero y a quien le compraban lo mejor; los mejores juguetes, la mejor bicicleta y en última instancia, el mejor balón, o mejor, la mejor pelota.
Se puede decir que éramos “los otros” los que envidiábamos a este niño, los de menos recursos y los que poseíamos juguetes de bajo presupuesto, mas no… era él quien nos envidiaba. Este niño envidiaba particularmente el hecho de que nos quisiéramos los unos a los otros sin tener nada más que ofrecernos, sino nuestra amistad; envidiaba nuestro desinterés por lo material –que no era del todo cierto- pero no era obvio. Envidiaba también nuestro talento para los deportes que requerían de la dichosa pelota, que corríamos con gran rapidez y que teníamos destreza.
¿Qué hacía entonces este envidioso cuando salía con su pelota? ¿La verdad? No mucho.
Pues al final (no, a la final como dicen muchos… es un error. ¡NO LO DIGAN!) Nuevamente, al final ni jugaba, ni dejaba jugar. No jugaba porque no sólo carecía de destreza, sino que carecía de nosotros, y más importante… de ganas. Carecía de amigos, de niños con quien divertirse; si no era feliz, no quería que nadie más lo fuera. “Si yo no juego, nadie juega, ¡y punto!” pensaba, a veces hasta lo decía; y por lo general cuando lo decía, nos burlábamos.
A lo que pretendo llegar es a la sencilla conclusión de que usted puede estar en esa situación, puede usted ser ese niño gordo, que ni supo jugar con la pelota, ni quiere que nadie juegue. Si usted no puede jugar con ella, nadie más lo hará… ¿En serio? ¿Usted cree que es justo que el hecho de que usted no haya podido llevar una relación, o que incluso si dio lo mejor y no funcionó, sea motivo para que nadie más en el mundo libre pueda ser feliz y hacer feliz a esa persona?
Come on! ¡Despierten! y Como dice un amigo: “La madre”.
“Hay que dejar ser”, me dijo alguien muy sabio, (sabia en este caso) y entendí que la gente no puede ser como uno quiera, ni siquiera ese gordo va a ser gentil, garboso y dadivoso solo porque queramos, ni menos munífico o magnánimo porque nos parece correcto; El es así y hay que aceptarlo, no entender, solo aceptarlo y ser felices; el punto es… NO SEA ESE GORDO.
Si ha estado, está o por cosas de la vida algún día llega a estar en esta situación, pase la pelota, pásela. Deje que alguien más juegue con ella, ¿Quién sabe? tal vez después de que la pateen bastante se dé cuenta -esa pelota-, de que prefería que ese niño gordo la tuviera siempre entre sus brazos y no dejara que nadie más pusiera sus manos encima ni la pateara, y no que jugaran con ella hasta desgastarla o pincharla, para después desecharla y cambiarla por una con relleno de silicona, más “fina” y nueva, y de “mejor” marca.
“Agua que no has de beber, déjala correr”, pelota que no has de patear, déjala rodar; y más importante…
Es mejor aceptar que nos equivocamos y dejar que todo fluya, a ensañarnos en nuestra pertinancia y que todo nos destruya.