Uno
no pierde amigos; un amigo nunca se pierde. Lo que se pierde es una recua de
hipócritas que están contigo en tus buenas y en sus malas. Ese que te pretende
perfecto no lo es, el que no perdona nada, el que no entiende que te equivocas,
el que no comprende que tienes boca y que de cuando en vez, con o sin el ánimo
de ofender, dices algo hiriente, ese que espera que siempre seas valiente y te
arriesgues por él o ella, más si se cree bella. Ese que una vez te ha usado
para su propósito te vuelve a depositar en esa caja del olvido, donde se
guardan a los padrinos, compañeros poco agradables del colegio, vecinos de
barrios pasados y a uno que otro profesor que nunca les perdonó las llegadas
tarde o los errores de ortografía.
Llamadas
a las dos de la mañana hacen parte de la rutina de este ser que se disfraza
para pedir tu compañía; eventualidades como un rompimiento te convierten en el
perfecto paño de lágrimas, probablemente el más popular de tus usos, junto a
proveedor, celestino, cómplice, salvador, hostelero y en el peor de los casos
reemplazo de una noche, un par o lo que dure tal rompimiento. Del cual nunca
sales bien librado, pues al final eres culpable por haberlo apoyado,
aconsejarle seguir adelante sin esa pareja desastrosa y decir lo que creías
mejor; por hacer más, haces menos; por hacerlo bien, lo haces peor.
Adiós
entonces a la horda de arlequines que se la pasan desfilando como cangrejos
entre los enrojecidos pies de los turistas de una afamada playa, que se
convierten en sirenas cuando les conviene y te llaman a cantos, o en marineros
que se engalanan y se sienten majos cuando no hay de otra porque no hay
conectados en su lista de contactos.
Adiós al usuario que firmó el contrato por prestación de servicios y
aparece a su conveniencia, adiós al que no quiere el compromiso de ser un buen
amigo; adiós rocío matutino, que sólo dejas un efímero recuerdo frío porque la
cálida mañana que nunca falla siempre está ahí, siempre llega; y porque en
medio de la lluvia nunca estás, te escondes y ni se te nota cuando hay una
tormenta, ¡eres como el olor de un apartamento con muchos gatos y ambientador
de menta!
Un
amigo no es quien arriesga por ti su papada, un amigo es quien te da la
bofetada; no es quien está contigo cuando estás mal, es aquel que aunque esté
lejos nunca se va.
A
mis amigos.