Vaya
estandarte que me ha dado por cargar. Vaya si ha sido duro divagar.
No
hay mejor amiga que la fría soledad, aquella que mira despiadada a quien por
miedo vive acompañado, la misma que con la paciencia del león espera y ataca
cuando la presa se siente más acompañada.
¿No que no estaban bañadas de
ilusiones falsas aquellas cosas que hice ver que ya estaban dañadas?
Que
ciego es quien no quiere ver. Y que estúpido es quien ve lo que no hay, lo que
se inventa por repudio a la realidad que nos escupe la cara cuando le place,
cuando el brillantemente insipiente habla, y su imprudencia empaña lo que
cubría esa champaña que ha rebajado por las bocanadas desbordadas del que
impaciente quiere tragarse todo ya.
¿Y si después no hay tiempo para más?
Es
que los que han visto lo que yo se atreverían a callar para que el ignorante
hablase, se enfureciese y se estrellase tal y como está predispuesto. Así se ha
tazado su presupuesto; su gloria es la banalidad y sus argumentos son
supuestos.
¿Qué pasará por la cabeza de
los que anteponen sentimientos ante el sexo?
Las
desbaratadas e irrisorias ilusiones van y vienen como la marea entre los
muelles, que se lleva barcos nuevos, mujeres vírgenes y ese polisón que se va y
no vuelve; al que le dan la gloria y la devuelve, el que se acostumbró a la
nada y nada quiere. Y ese fuego ardiente que residía en si y se le regaba por
los dientes se ha extinguido y se atreven a preguntarle por qué ya no anda
erguido.
¿Para qué criticar a quien no
han conocido si les cabe más el ego que la humildad en el hocico?
Una
chica normal y un caballero excepcional, la mujerzuela del pueblo y el joven
visionario, el ignaro metrosexual y la existencialista conceptual, el machista
reprimido y la mojigata bisexual; nada más que parejas disparejas, más parejas
o hasta tríos para los demás.
¿Como se le explica la
diferencia entre obsesión y amor a quien por sexo ha bebido ron, por pena apaga
la luz y se pone temeroso aquel condón, a quien besa con los ojos abiertos, a
quien agoniza bajo la risa cuando la llamada se va al buzón, a quien le asusta
que le tomen de la mano en la plaza, a quien prefiere ser temido a ser señor?
Vaya
estandarte que eres, soledad. Vaya si les pesas a los demás. A mí, amiga mía, a
mí me llenas, me llenas de estribillos armoniosos llenos de color y deseosos de
ser tocados, por mis dedos, por mis labios, por mis ojos y mi llanto, ese que
lleva la sal del encanto de las noches que no cesaban, de las que me
ilusionaron con un sí que debía ser un no, con minutos que debieron ser
segundos y un guayabo que no deja sinsabor, uno que me pudo haber matado y
dijo: “¡No!”
¿Para qué pedir
desesperadamente razones a quienes no extienden sus corazones?