Sobre un suelo infame que recibe a cualquiera que le pise, yacen 13 botellas vacías; botellas que contenían la cura al dolor del que pena, la calma del que tiene problemas, la tranquilidad del mentiroso y del que huye, y el poder de convencimiento de aquel que carece de buen léxico y argumentos y pretende a una dama... irónicamente, también contiene la excusa de esa, mal llamada, dama.
El sudor, las lágrimas y los orgasmos no compensan lo bebido; jamás se irá el error cometido ni la pena. No se olvida la vergüenza ni se apacigua la condena que nos sigue a donde vamos, esa que le debemos al hermano que algún día lastimamos, y por lo cual jamás nos disculpamos.
No pesan más los párpados que la conciencia, ni pesarán esas botellas más que los recuerdos, apremiantes y verdugos, hacedores de maldiciones y de yugos; que karma ser la sarna que asaltó al perro, o a la perra, la -dizque dama- la primera; la disoluta de la juerga, el timador de vereda, el cuentero de ladera, el cristiano de palabra, el politiquero, la diabla, la abuela bendita, la madre que medita, el ex marido pseudo-suicida, los que amenazan con su ida y los que no quieren volver a casa y la evitan, todos juntos y revueltos sobre ese suelo que les recibe como quieran, como estén, cuando van y vienen, embriagados o conscientes, con la verdad y cuando mienten.
Ese suelo les verá caer, y cuando les cubra, cuando sobre ellos pese, llorarán los que no les conocieron, porque los que les conocieron dirán la verdad y les darán como con un palo, les llorarán porque aquí en nuestro país no hay muerto malo.
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