jueves, 6 de septiembre de 2012

Aun No Aprendo A Preguntarte, Soledad


Vaya estandarte que me ha dado por cargar. Vaya si ha sido duro divagar.
No hay mejor amiga que la fría soledad, aquella que mira despiadada a quien por miedo vive acompañado, la misma que con la paciencia del león espera y ataca cuando la presa se siente más acompañada.

¿No que no estaban bañadas de ilusiones falsas aquellas cosas que hice ver que ya estaban dañadas?

Que ciego es quien no quiere ver. Y que estúpido es quien ve lo que no hay, lo que se inventa por repudio a la realidad que nos escupe la cara cuando le place, cuando el brillantemente insipiente habla, y su imprudencia empaña lo que cubría esa champaña que ha rebajado por las bocanadas desbordadas del que impaciente quiere tragarse todo ya.

 ¿Y si después no hay tiempo para más?

Es que los que han visto lo que yo se atreverían a callar para que el ignorante hablase, se enfureciese y se estrellase tal y como está predispuesto. Así se ha tazado su presupuesto; su gloria es la banalidad y sus argumentos son supuestos.

¿Qué pasará por la cabeza de los que anteponen sentimientos ante el sexo?

Las desbaratadas e irrisorias ilusiones van y vienen como la marea entre los muelles, que se lleva barcos nuevos, mujeres vírgenes y ese polisón que se va y no vuelve; al que le dan la gloria y la devuelve, el que se acostumbró a la nada y nada quiere. Y ese fuego ardiente que residía en si y se le regaba por los dientes se ha extinguido y se atreven a preguntarle por qué ya no anda erguido.

¿Para qué criticar a quien no han conocido si les cabe más el ego que la humildad en el hocico?

Una chica normal y un caballero excepcional, la mujerzuela del pueblo y el joven visionario, el ignaro metrosexual y la existencialista conceptual, el machista reprimido y la mojigata bisexual; nada más que parejas disparejas, más parejas o hasta tríos para los demás.

¿Como se le explica la diferencia entre obsesión y amor a quien por sexo ha bebido ron, por pena apaga la luz y se pone temeroso aquel condón, a quien besa con los ojos abiertos, a quien agoniza bajo la risa cuando la llamada se va al buzón, a quien le asusta que le tomen de la mano en la plaza, a quien prefiere ser temido a ser señor?

Vaya estandarte que eres, soledad. Vaya si les pesas a los demás. A mí, amiga mía, a mí me llenas, me llenas de estribillos armoniosos llenos de color y deseosos de ser tocados, por mis dedos, por mis labios, por mis ojos y mi llanto, ese que lleva la sal del encanto de las noches que no cesaban, de las que me ilusionaron con un sí que debía ser un no, con minutos que debieron ser segundos y un guayabo que no deja sinsabor, uno que me pudo haber matado y dijo: “¡No!”

¿Para qué pedir desesperadamente razones a quienes no extienden sus corazones?

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