Cae la noche, y como ya es usanza, me dispongo –como buen “macho de pelo en pecho”, y de antemano pido disculpas a todo literato y articulado del castellano a quien agravie lo que dije- salir en búsqueda de la hembra de turno que se disponga a convidarme su pasión y celo. Un momento apasionado que dure lo suficiente para ser perpetuo recuerdo; lo suficiente para que termine allí, sin mayor consecuencia que mi acostumbrada huida, aquella que me ha hecho tan inmortal.
Tras mi placentero coito, me dirijo nuevamente a mis aposentos donde mi dama, –la distintiva- la misma que se cree mi dueña, reposa. Comida aguarda en el lugar de costumbre y mi lecho me espera ya no desecho, sino ordenado por la misma susodicha. Una vez más me poso a su lado para las adiestradas caricias rutinarias –necesarias para ambos antes de dormir-. Sé que me agradece la compañía que le brindo y Quid Pro Quo, le agradezco el alimento y el recinto, mas debe entender que soy un espíritu libre, y aunque nuestro amor es mutuo y real, yo debo entender que no podrá ser sólo mía y ella deberá entender que no dejaré de ser un gato.
Más que haber “mal interpretado” el relato, pensé en lo que querías intencionalmente relacionarlo, conociendo tu forma de pensar, prontamente supe que no querrías solo hacer un poema sobre un gato, no querías que censuraran tu forma de pensar al ser este, una persona.
ResponderEliminarPues sobre estas situaciones te gusta escribir y discutir, porque entonces habría de pensar que solamente era referente a un gato?
Att: Lissy
Porque es sólo sobre un gato!
ResponderEliminar