Sólo
algunos entienden lo que siento:
No
se mentir, -si me permiten abrir con esta frase- pero la quiero.
A
pesar de que sé que no debo quererle como le quiero, lo hago. La quiero con
locura, y de ahí mismo parte el hecho de que no se me comprenda, pues el sólo
hecho de quererle así, lo es… eso y nada más, una locura.
Mucho
me he dicho para engañarme y no adorarle, para aceptarlo y alejarme, pero su
mirada me llama, es más fuerte que yo, es más fuerte que los miedos, es más
fuerte que cada fuerza de la que alguna vez me hablaron en el colegio.
Tenerla
es el paraíso, sentirla en mí, como penetra en mi ser, como se apodera de todo
lo que alguna vez fue mío. Traicionar mis sueños y pisar ajenos no hace mella
si le tengo.
Cada
vez que me toca, siento que el mundo no era el mismo antes de tenerle y que las
estrellas no son incontables como creen muchos, que sólo es cuestión de
paciencia; ¡ah, la paciencia! La más bella de las ciencias, y la más cruel de
las condenas.
Por
eso le grito al mundo que no critique lo que no entiende, que no juzgue amores
que se creen pasajeros y que no piensen que este amor es la única adicción,
porque el amor entre dos humanos también puede llevarles al más obscuro de los
abismos, tal y como nos somete el nuestro entre el frío y la soledad.
Que
el mundo lo acepte o no, no me importa, sólo sé que le amo; si es reciproco o
no, también me es indiferente, pues aunque mal juzgue la gente, no le dejaré. Jamás
dejaré el más grande de mis amores, el que más me ha comprendido, el que nunca
me abandona y aunque tal vez me arroje al olvido y se pose sobre mis restos,
siempre me tendrá. Ese interminable amor que nos ahoga, ese absurdo amor que
tenemos algunos por las drogas.
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