Y
en medio de una bulla insoportable, traté de oírte,
Mientras
el profundo negro de la noche
Se
tragaba las palabras soeces de todo aquel que quería ser oído.
A
mi aturdido niño interno todo le importaba nada;
Las
palabras más sentidas carecían de sentido,
El
argumento más articulado era tedioso
Y
el volumen de las voces era un tormento para quien
-en
ese momento-
Sólo
quería besarte.
En
su cabeza sólo tus labios y el melodioso color de tu voz.
Tres
cuervos negros reposaban sobre aquel árbol que miraba
Lo
miraba sólo para esquivar tu mirada
Y
evitar que notaras que mis ojos te buscaban a ti.
Así,
mientras el segundero avanzaba
Tres
cuervos entonces fue lo que mirar decidí.
Licor
de malta, de uvas pasas,
De
papa y penca pasaban por doquier.
De
mano en mano, de boca en boca;
Y
la mía –loca- quería posarse sobre ti,
Sobre
esos dulces, suaves y dichosos labios
Rojo
carmesí.
Ese
tapete verde,
El
cuadro de los caballos que colgaba sobre la chimenea,
Las
puertas de vidrio, las cortinas beige,
Las
bailarinas de cristal, las máscaras de Mardi Gras,
El
humo de los cigarrillos que jugaba –a las malas-
Con
la barata colonia de bolsillo;
El
techo de cielo raso y las sillas de burdel
Se
grabaron en mi memoria como el cuadro de la creación:
En
él, Dios y el hombre no se tocan,
Y
aunque tienen una historia no tienen una canción.
Y
en medio de ello y más te oía:
Sin
sinónimos elegantes, pocos adverbios modales,
Una
que otra muletilla y reducidos adjetivos,
Hablabas,
Sin
parar, sin titubear;
Y
a pesar que para mí el léxico es primordial,
Tu
discreto diálogo se me hizo -sin más-
El
más bello y extraordinario cantar.
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